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Cuidar la economía también salva vidas

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Hoy los campos producen a pérdida, pues ningún barril de los 880.000 que produce a diario Colombia es rentable con precios de 26 dólares.

Inició, en medio de incertidumbres, la cuarentena decretada por el Gobierno Nacional. Es natural, pues lo que estamos vivendo no tiene antecedentes en la historia contemporánea. Una pandemia que ha contagiado 416.916 personas de las cuales 18.565 han fallecido. Y que ha llevado al mundo, de manera paulatina, a cerrar fronteras y a los ciudadanos a aislarse en sus casas para tratar de contener la expansión del virus y, donde ya es masivo, mitigarlo. Situación que empieza a traducirse en una desaceleración de la economía a nivel global y en el país, con un impacto importante -aunque aún por dimensionar- en lo social.

Con excepción de las grandes epidemias que han azotado a la humanidad (la Gran Plaga de Atenas en el año 420 AC, la de Justiniano en el año 542 EC -que devastó al Imperio Bizantino- la Peste Negra que inició en 1347 y cobró la vida del 60% de la población de Europa, las enfermedades importadas a América en la Conquista, la epidemia de cólera en Londres en 1854, y la Gripa Española de 1918) pocas pandemias habían tenido un efecto tan grande. No por el número de fallecidos, pues comparativamente a la fecha los del Covid-19 son muy bajos, sino por su rápida expansión territorial y el impacto en la vida diaria de las personas.

Un factor común a estas crisis de salud pública ha sido el efecto en la situación económica y social de las naciones y, por ende, de sus habitantes. En algunos casos, por escasez de mano de obra, en especial para actividades agrícolas -por la masiva mortandad humana-, en otros por persecución religiosa a quienes se señalaba de ser los culpables de las plagas, por confinamientos prolongados en pésimas condiciones de higiene; por la pérdida de trabajos, y por el pánico que llevó a la toma de decisiones equivocadas, entre ellas, la parálisis de actividades esenciales para una mínima dinámica económica y social.

Es ahí donde las lecciones de las crisis de salud del pasado deben ser de utilidad, así como las económicas, la Gran Depresión de 1929, la inmobiliaria de 2008, entre otras. Y entre las lecciones aprendidas está procurar, en la medida de las posibilidades, la continuidad de actividades fundamentales para la sociedad, incluso para contener la pandemia. De ahí las medidas y las excepciones que el Gobierno Nacional ha establecido en el marco de la actual cuarentena, sin perjuicio de que más adelante se reduzcan si las circunstancias lo aconsejan.

Es fundamental, por ejemplo, garantizar el abastecimiento de bienes de primera necesidad, como alimentos, medicamentos y productos de aseo; así como la provisión de servicios que aseguran que estos y otros bienes lleguen a los hogares, como los de logística y transporte, financieros y de comunicaciones, y muy importante, los servicios públicos, entre ellos, el abastecimiento de combustibles -que pasa por la extracción de petróleo en los campos, su transporte, refinación y distribución- y la exportación de crudo excedentario; y similar con el gas, fundamental para los hogares, el sector industrial y la generación de electricidad.

Un desafío complejo, que explica además el que miles de personas sigan trabajando en el país, no desde sus casas, sino en call centers, fábricas, puertos, clínicas, y estaciones de servicio.

Por las medidas de aislamiento familiar e individual el consumo de combustibles líquidos se ha disminuido significativamente y se espera que durante la cuarentena se reduzca entre un 70% y 80%.

Es así porque el transporte aéreo, terrestre, marítimo y fluvial de pasajeros, se ha reducido como pocas veces en la historia; no obstante, continúan requiriéndose para el transporte de carga, para poder abastecer al país de los bienes y servicios esenciales y para que, en medio de las circunstancias, la parálisis de nuestra economía no sea total.

Es, sin embargo, una fatal coincidencia la del coronavirus con la crisis de precios del petróleo. Hoy los campos producen a pérdida, pues ningún barril de los 880.000 que produce a diario Colombia es rentable con precios de 26 dólares (referencia Brent o WTI), más cuando ese petróleo nos lo compran entre seis y diez dólares por debajo de la referencia internacional. No obstante, las empresas siguen operando al menos por un tiempo que, dependiendo del campo, puede ser semanas.

Lo hacen por tres razones principales: aspiran remotamente a que las condiciones cambien, volver a abrir un campo es extremadamente costoso; por la importancia estratégica que tiene para el país mantener la autosuficiencia energética; y por último, porque saben del impacto fiscal que tiene un recorte en la producción de crudo.

Y una razón más en la actual coyuntura: porque el petróleo, cuyos derivados, combustibles líquidos y aceites lubricantes, son distribuidos por 18 empresas mayoristas a más de 5.000 estaciones de servicio y a talleres de mecánica, y este ecosistema se requiere para que quienes transportan alimentos del campo, desde el Llano, el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y Huila, entre otros, lleguen a los sitios de mayor consumo; para que la Policía y las Fuerzas Militares puedan desplazarse; para que los técnicos y electricistas puedan acudir a reparar los daños de las redes; para que las ambulancias trasladen a los pacientes a las clínicas; y para que la mayoría de los ciudadanos puedan, en medio de las circunstancias, atender sus necesidades y desarrollar en casa sus actividades esenciales que solo permite la energía.

Este es el caso de la industria del petróleo y gas que, como otras, no para para que la mayoría de los colombianos puedan parar.

Francisco José Lloreda Mera
Presidente Ejecutivo, ACP


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