Saudi Aramco planea su vida después del petróleo

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Creen que la demanda de petróleo podría alcanzar su máximo a fines de la década de 2020 si los vehículos eléctricos se popularizan.

Erigiéndose en el desierto como un oasis metálico, la planta química de Sadara, en la provincia oriental de Arabia Saudita, es un laberinto de tuberías, tanques y hornos que cubre un área tres veces mayor que Mónaco y está construida con suficiente acero como para construir el puente Golden Gate dos veces.

El proyecto de US$20.000 millones finalizado en septiembre, es la instalación química más grande construida en una sola fase en el mundo. Es una poderosa declaración de intenciones de Saudi Aramco, la compañía petrolera estatal, de adaptarse a un entorno energético cambiante y es un símbolo de cómo podría ser una economía saudita reformada.

El aumento de la inversión en productos químicos alinea la compañía con los ambiciosos ajustes económicos impulsados por el Príncipe Heredero Mohammed bin Salmán para alejar el reino de lo que ha llamado su “peligrosa adicción al petróleo”.

En el núcleo de su programa de reforma se encuentra una venta de acciones de Saudi Aramco a inversionistas internacionales el próximo año, cuyas ganancias se canalizarán a sectores no petroleros, desde la tecnología y el turismo hasta la salud y la minería.

Sin embargo, a pesar de que el joven heredero al trono del país ve más allá de los combustibles fósiles para el crecimiento futuro, la valoración de Riad de US$2 billones sólo se logrará si Saudi Aramco puede demostrar que sus vastas reservas de petróleo — el mismo recurso del que está tratando de alejarse — son todavía dignas de inversiones.

La planta de Sadara, la cual usa petróleo y gas para producir una gama de productos químicos especializados que se encuentran en todo, desde cosméticos hasta piezas de automóviles, es promocionada por la compañía como el sitio donde estos mensajes contradictorios pueden reconciliarse.

Sadara, una empresa conjunta con la estadounidense Dow Chemical, simboliza el impulso saudita de atraer más capital privado e internacional para desarrollar industrias de mayor valor como la petroquímica, que pueden desarrollar, en lugar de reemplazar los recursos naturales del reino.

“En lugar de considerar al crudo como el único motor económico, el Gobierno está buscando múltiples motores y eso es bueno”, asegura Amin Nasser, director Ejecutivo de Saudi Aramco, en una entrevista en la sede central de la compañía en Dhahran, en la costa del Golfo del este de Arabia Saudita.

Su descripción de Saudi Aramco como un aliado de la diversificación económica, más que un obstáculo, es fundamental para evitar la impresión de que la cotización planificada de la compañía en la bolsa equivale a una venta forzosa por parte de un gobierno desesperado por reducir la exposición al petróleo.

El príncipe Mohammed ha promocionado la inteligencia artificial, la automatización y la energía renovable como prioridades para la versión 2.0 de Arabia Saudita, mientras que el ministro de Finanzas, Mohammed al-Jadaan, señaló en mayo que para 2030 al reino “no le importaría si el precio del petróleo es cero”.

Eso parece una meta exagerada cuando, hoy, el sector petrolero todavía representa el 87% de los ingresos del Gobierno y apuntala el poder geopolítico del país. Arabia Saudita no podría permitirse un alejamiento rápido del petróleo, aunque lo deseara.

En cambio, el reino debe maximizar el valor restante de sus vastos recursos de combustibles fósiles para financiar la transición. La salida a bolsa de Saudi Aramco es fundamental para esta estrategia, no sólo por los miles de millones de dólares que Riad pretende recaudar, sino también como un catalizador para una mayor privatización de la economía.

Riad pronto elegirá los mercados en los que cotizará en lo que se ha anunciado como la oferta pública inicial más grande de la historia. Se han considerado Londres, Nueva York, Hong Kong y Tokio, junto con la bolsa doméstica de Tadawul. También es una opción que se realice una venta privada a un inversionista estratégico.

Se le ha sumado drama al proceso de salida a bolsa debido a la agitación política en Riad. Nasser afirma que el sonado arresto de 11 príncipes y decenas de políticos y hombres de negocios, incluyendo un miembro de la junta de Saudi Aramco, por supuesta corrupción debería ser bien acogido por los inversionistas como una señal de compromiso con la transparencia económica. 

Sin embargo, muchos observadores lo vieron como un recordatorio de los riesgos inherentes a un país gobernado por una familia real dividida por rivalidades y ubicada en una de las regiones más volátiles del mundo.

Una inversión en Saudi Aramco representará una apuesta a la capacidad del país de navegar en un entorno energético cambiante mientras que, a la vez, lidia con un cóctel de tensiones políticas nacionales y regionales.

En muchos sentidos, Saudi Aramco es un modelo para la economía más dinámica y la sociedad abierta que el príncipe Mohammed está intentando promover. Fundada en 1933 como una asociación con la estadounidense Standard Oil, la compañía se enorgullece de contratar a los mejores y más brillantes jóvenes saudíes, un símbolo de meritocracia en una cultura tribal. Se esfuerza por lograr los más altos estándares de excelencia operativa, cuenta con una fuerza de trabajo multinacional y cuenta con estructuras de contabilidad y gobierno similares a las mayores compañías petroleras internacionales, particularmente ExxonMobil. En su extenso complejo en Dhahran, hombres y mujeres trabajan juntos de una manera rara vez vista en otras partes de Arabia Saudita.

Sin embargo, nada de esto puede ocultar el hecho de que, como el mayor productor de crudo del mundo, Saudi Aramco sigue vinculada a una industria cuyos mejores días ya quedaron en el pasado. La pregunta para los inversionistas es: ¿cuánto tiempo más continuará siendo el petróleo el alma del comercio global y cuánto valor podrá extraer Saudi Aramco de sus reservas en ese momento?

La compañía ha producido 145.000 millones de barriles de petróleo desde que perforó su primer pozo exitoso hace casi 80 años. Afirma tener al menos 260.000 millones de barriles de reservas probadas disponibles — suficientes para satisfacer la demanda mundial total durante unos siete años — y otros 400.000 millones de barriles de recursos potenciales, pero no probados.

Los expertos alguna vez discutieron sobre cuándo el mundo se quedaría sin petróleo, pero el debate se ha desplazado a cuándo se agotará la demanda a medida que los combustibles fósiles sean reemplazados por fuentes de energía limpias. 

Algunos analistas creen que la demanda de petróleo podría alcanzar su punto máximo a fines de la década de 2020 si los vehículos eléctricos se popularizan rápidamente. Otros piensan que será después, pero casi todos están de acuerdo en que, después de un siglo de dominio, el petróleo enfrenta una competencia mucho mayor.

Nasser insiste en que no hay pánico en Saudi Aramco. Sus propios datos muestran que la demanda de petróleo crecerá hasta por lo menos 2040, impulsada por el aumento de las poblaciones y los niveles de vida en el mundo en desarrollo.

Si bien las ventas de vehículos eléctricos crecerán rápidamente, Saudi Aramco considera que representarán sólo 10 a 20% de la flota mundial de autos para el año 2040, en línea con las estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía. 

El petróleo perderá cuota de mercado ante las energías renovables, pero seguirá creciendo en términos absolutos, como le sucedió al carbón en relación con el petróleo y el gas en el siglo XX, afirma Nasser.

Si a Saudi Aramco le preocupara quedarse con ‘activos bloqueados’, tendría sentido verter petróleo en el mercado interno para usarlo en la generación de electricidad y reducir la inversión en nuevos recursos, destaca Nasser. 

En cambio, está haciendo lo contrario al invertir en gas para la generación doméstica de energía eléctrica con el fin de maximizar el petróleo para las exportaciones y destinar miles de millones de dólares a la exploración y desarrollo.

La expansión de la refinación global es otra jugada a largo plazo. Al adquirir participaciones en refinerías extranjeras, Saudi Aramco confía en atraer a compradores para el crudo del reino en mercados de rápido crecimiento como China, India e Indonesia.

A media hora en helicóptero al norte de Dhahran, el campo petrolífero Manifa de US$17.000 millones abierto en 2013 da una idea de la riqueza de recursos que sustenta al país, tanto económica como geológicamente. Una carretera elevada de 40 km de largo que se adentra en las aguas del Golfo da acceso a una red de islas artificiales y 350 pozos. 

Es sólo un ejemplo de la combinación de hidrocarburos prolíficos y accesibles e inversiones a gran escala que convierten a Arabia Saudita en el productor con más bajos costos del mundo.

Estas ventajas deben mantener a Saudi Aramco competitiva por más tiempo que los rivales con mayores costos con recursos menos abundantes o accesibles. Sin embargo, la inversión de la compañía en proyectos químicos como Sadara señala que reconoce la necesidad de desarrollar nuevos puntos de venta para su petróleo.

“Si los saudíes van a convertir esas reservas en activos en la superficie, tienen que apostar a sectores que sigan siendo viables a largo plazo”, indica Jim Krane, investigador de energía del Instituto Baker para Políticas Públicas de la Universidad Rice. “Los productos petroquímicos son la opción obvia porque es un uso no combustible del petróleo y el gas y, por lo tanto, a prueba de clima”.

En la actualidad, sólo alrededor del 12% de la producción mundial de crudo se utiliza para producir productos petroquímicos, pero Saudi Aramco espera que la demanda se duplique entre 2016 y 2040, en términos per cápita, a medida que los productos químicos desde el plástico hasta el aislamiento se vuelvan más omnipresentes.

Khalid al-Falih, ministro de energía de Arabia Saudita y presidente de Saudi Aramco, aseguró el mes pasado que los productos químicos, especialmente los de especialidad de alto valor, eran “pilares fundamentales” de la estrategia industrial del país para crear un Silicon Valley para la innovación en el sector de los productos químicos.

Sus comentarios coincidieron con un acuerdo entre Saudi Aramco y Saudi Basic Industries, las dos compañías estatales más grandes del país, para construir una planta de US$20.000 millones capaz de convertir petróleo crudo directamente en productos químicos. Esto reduciría las diversas etapas de la refinación y el procesamiento que se requieren.

Jubail, cerca de Sadara, la empresa conjunta con Dow, es uno de los sitios considerados para el complejo, el cual se espera que procese 400.000 barriles de petróleo por día y produzca 9 millones de toneladas de químicos al año.

También se está desarrollando un parque industrial en Jubail para atraer a los fabricantes que deseen acceder a los productos químicos especiales producidos en Sadara.

“Hasta ahora, hemos estado perdiendo un enorme valor exportando productos e importando productos terminados en los que se incluye todo el valor”, apunta Faisal al-Faqeer, director Ejecutivo de la empresa mixta Sadara.

El enfoque en productos petroquímicos muestra cómo la ‘nueva economía’ promovida por el Príncipe Mohammed sigue unida por un cordón umbilical al petróleo del país. El reino también promueve la fabricación de piezas para la perforación y otras tecnologías relacionadas con la energía.

“Tiene sentido explotar y preservar lo que tienen — al menos durante los próximos 20 años — y usar ese ingreso para desarrollar sectores completamente nuevos”, agrega Steffen Hertog, profesor asociado de la Escuela de Economía de Londres y experto en el Medio Oriente. “No están renunciando al petróleo. No pueden darse ese lujo”.


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