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La ruta energética

Alejandro Riveros

Asuntos Corporativos en Chevron para Colombia y América Central

la Ruta en Memoria de Bertha Benz es un camino que va desde la ciudad alemana de Mannheim hasta Pforzheim. Allí se encuentran grandes viñedos de uva blanca y de otras más coloridas, macizos montañosos de verde intenso que se nublan en algunas temporadas por las madrugadas, y algunas que otras vacas y caballos.

Es emblemática pues significó el primer viaje largo en automóvil impulsado por un combustible líquido, y por la astucia de una mujer. Fue en 1888 cuando, sin avisarle a nadie, esta alemana de 39 años recorrió con sus dos hijos más de 100 kilómetros, poniendo a prueba el vehículo que estaba fabricando su esposo, Karl Benz. La revolución en el transporte y en la energía iniciaba.

La generación y uso de energía a través de combustibles derivados del petróleo y gas marcó un hito importante en el desarrollo del mundo, comparado con el uso de la agricultura que domesticó a los humanos, el dominio del fuego, el uso de un lenguaje común, y el aprovechamiento de materiales como la caliza, el cobre, el hierro.

La esperanza de vida en la época de los Benz estaba alrededor de los 30-40 años. Las enfermedades infecciosas, las malas condiciones de salubridad en las casas y la escasa atención médica hacían que la vejez no existiera. Una familia solo podía conservar los alimentos a través del secado y la salazón, alterando las dietas en épocas de clima hostiles y ocasionando una pobre ingesta de nutrientes. Había acceso limitado a la iluminación, a un hogar caliente y no siempre se podía cocinar. Las velas y las lámparas de aceite de ballena – que incentivaban la caza indiscriminada de los cetáceos- eran algunas de sus únicas fuentes.

Los miembros de un hogar debían realizar desplazamientos largos, lentos e inseguros para poder ir a otra ciudad u otro país usando sus pies, caballos o carretas tiradas por animales. Por ejemplo, el tiempo que gastaba una persona en ir de Bogotá a Chía en una carreta empujada por un caballo, es el mismo que gasta alguien hoy para ir de Bogotá a Ciudad de México en un aparato impulsado por combustible de aviación.

El mundo ha cambiado y mejorado desde que se usan combustibles. Según la CEPAL, existe una relación positiva entre el consumo de energía por habitante y la esperanza de vida en los países de América Latina y el Caribe. En Colombia hemos ganado a favor varios pares de décadas en los últimos 100 años gracias en parte a líquidos que prenden desde generadoras de electricidad hasta camiones de alimentos y aviones.

Sin embargo, el progreso ha tenido un costo: desde 1960, el nivel de dióxido de carbono atmosférico ha subido de 317 a 421 partes por millón, lo que resalta la necesidad de una transición hacia sistemas menos intensivos en carbono, añadiendo contenido renovable a las energías tradicionales e innovando en nuevas alternativas eficientes. La prisa sin pausa ha hecho que tengamos una expectativa alta en los vehículos eléctricos que no se ha podido cumplir por los costos e impacto ambiental en su producción, recordando la primera mala experiencia en 1900, cuando había más carros eléctricos en Nueva York que a gasolina, pero su baja competitividad y confiabilidad los eliminó del mercado.

Mientras las innovaciones llegan en una versión asequible y amigable con el medio ambiente, Colombia debe garantizarles la energía necesaria a los más de 7 millones de propietarios de vehículos, a los 11.5 millones de motociclistas, a los más de 180 mil hogares que se benefician de generación eléctrica con diésel, y a los más de 40 millones de pasajeros en aeronaves que consumen ‘jet fuel’.

La Asociación Colombiana de Petróleo y Gas informó hace pocos días que la demanda total de estos energéticos podría crecer en promedio 1.8% cada año, demostrando que serán necesarios por mucho tiempo más, ojalá con mayor mezcla de biocombustibles y sin subsidios. Por el bien del desarrollo de la población, del planeta y de la economía.

La energía ha impulsado, movido, iluminado y generado progreso en el último siglo. Es necesario mirar hacia atrás para avanzar, y seguir en este viaje de transición energética por una ruta que privilegie la seguridad energética del país y el bienestar de todos.

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